No sé bien como llegó a mi clínica. No parecía tener edad suficiente para conducir, aunque su cuerpo infantil estaba embarneciendo y tenía el aire desgarbado de la pubertad. Su expresión era franca y abierta.
Cuando entré a la sala de espera, estaba acariciando a su gato por la puerta de una jaula que tenía en el regazo. Con la confianza que un colegial deposita en la autoridad, me había llevado a su mascota enferma para que yo la curara.
Era una hembra de talla muy pequeña y magnífica estampa: la cabeza de agradables proporciones y el pelaje atigrado. Tenía los mismos años que el muchacho, uno más o uno menos. No era de extrañar que aquellas rayas, y la expresión feroz y astuta, hubieran evocado en la mente de un niño la imagen de un tigre, así que la había llamado Tigresa.
La edad había apagado el fuego verde de sus ojos con un velo pálido, pero no le había quitado el porte ni el dominio de sí misma. Me saludó restregándose amistosamente en mi mano.
Me puse a interrogar al muchacho para averiguar qué lo había movido a consultarme. Al contrario de lo que ocurre con la mayoría de los adultos, sus respuestas eran sencillas y directas. Tigresa normalmente tenía buen apetito, pero hacía poco había comenzado a vomitar dos veces al día. Luego dejó de comer, y empezó a rehuir de su familia humana. Había perdido medio kilo, que es mucho cuando se pesa menos de tres.
No dejé de acariciar a Tigresa ni de elogiar su hermosura mientras examinaba los ojos y la boca, le auscultaba el corazón y los pulmones, y le palpaba el vientre. Allí encontré algo con los dedos: un bulto, cilíndrico en mitad del abdomen. Tigresa se me escurrió educadamente de entre las manos: no le gustaba que la tocaran ahí.
Eché una mirada al lozano rostro del muchacho, y de vuelta al animal que tal vez le había hecho compañía toda la vida. Debía decirle que su querida mascota tenía un tumor. Aunque se lo extirpara con una operación, le quedaba menos de un año de vida, y eso si la sometía a quimioterapia anticancerosa una vez por semana.
El tratamiento sería arduo y costoso, así que iba a tener que decirle al chico que era muy probable que su gata muriera. ¡Y lo veía yo tan solo…!
La muerte es algo que apartamos del pensamiento hasta que no nos queda más remedio, pero lo cierto es que todos nuestros seres queridos han de morir; eso es parte omnipresente de la vida. Y la manera en que afrontamos por primera vez la muerte de un ser querido puede ser determinante. Unas veces es un trago muy amargo; otras, un alivio.
A mí me tocó guiar al muchacho en el trance, pero me pesaba la responsabilidad: si no lo hacía bien, podía dejarle abierta en el corazón una herida difícil de cerrar.
Habría sido difícil desentenderme del asunto y llamar a uno de sus padres, pero al mirarlo a los ojos comprendí que no podía. Él sabía que algo andaba mal, y no era cosa de encogerse de hombros. Así que me dirigí a él como el legítimo dueño de Tigresa, y le expliqué, con el mayor tacto que pude, lo que había descubierto y sus implicaciones.
Mientras le hablaba, se apartó bruscamente de mí para ocultarme el rostro, que comenzaba a descomponérsele. Para respetar su intimidad me volví a Tigresa y, mientras le acariciaba la cara, le expuse las opciones a su dueño: se le podía practicar una biopsia del tumor, dejarla morir en casa o aplicarle una inyección que le causaría la muerte sin hacerla sufrir.
El chico me escuchó con atención y, cuando terminé, meneó la cabeza con aire grave. Dijo que Tigresa parecía ya no sentirse bien, y que él no quería verla sufrir. Estaba enfrascado es una dura batalla consigo mismo. Aquel par me partió el corazón. Entonces ofrecí al muchacho telefonear a uno de sus padres para explicarle lo que pasaba.
Me dio el número telefónico de su padre, a quien expuse la situación mientras su hijo escuchaba y acariciaba a la gata. Luego dejé hablar a los dos. Con el auricular al oído, el chico comenzó a pasearse de acá para allá, gesticulando, y más de una vez se le quebró la voz, pero, cuando colgó, me miró con los ojos secos y me dijo que se había decidido por la inyección.
No hubo expresiones de rabia, ni negación, ni histeria; solamente aceptación de lo inevitable. Pero no se me escapaba lo mucho que le estaba costando. Le pregunté si quería llevársela a casa para despedirse, y traérmela al día siguiente. Respondió que no; que solo quería estar unos minutos con ella.
Me retiré y fui a buscar el barbinirico que iba a usar para sumir a Tigresa en un sueño indoloro del que ya no despertaría. Las lágrimas se me desbordaron; no pude contener la pena que sentía por aquel niño, que había tenido que hacerse hombre tan rápido y tan solo.
Aguardé fuera de exploración y, al cabo de unos minutos, el muchacho salió y me aseguró que estaba preparado. Le pregunté si quería acompañar a su gata. Se mostró sorprendido, y le expliqué que es preferible observar la placidez con que sobreviene la muerte que quedarse para siempre con la duda de cómo ha ocurrido.
Advirtiendo al punto la lógica de mis palabras, le sostuvo la cabeza al animal y lo tranquilizó, mientras yo le aplicaba la inyección. Tigresa se quedó dormida, con la cabeza apoyada en la mano del chico.
Ella estaba en paz, y su dueño cargaba solo con todo el sufrimiento. El mejor regalo que se puede dar, le dije, es asumir el dolor de un ser querido para permitirle descansar.
Él asintió con la cabeza, pues comprendía.
Pero faltaba algo. Me parecía que mi tarea estaba inconclusa. Le había pedido a un niño que se hiciera hombre por un momento, y él cumplió con su parte con gallardía, pero seguía siendo un niño.
Lo estreché con fuerza entre mis brazos. ¡Cuánto necesitaba el jovencito aquel abrazo y, a decir verdad, yo también!






2 verdades:
Shey, estoy llorando :(
Sabes que acabo de pasar hace poco por algo parecido, con mi Sassy, yo tmb tuve que tomar esa desición y así como el niño/jóven dudé en hacerlo pero no quise que mi perrito sufriera más dolor y desesperación.. mi niño ya no está conmigo físicamente, pero de un modo u otro sigue aquí a mi lado :)
Lia
Qué bueno que compartiste eso, neta valió la pena.
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