A veces imagino cómo será la vida después de mí, si logré alguna influencia y si alguien me conoció lo suficiente. Divulgarán vilmente mi extraña personalidad y mis extrañas manías, así como el modo bizarro en el que acostumbraba a hacer las cosas.
Dirán que me gustaba el agua embotellada y desconfiaba de tomar en vasos sin lavarlos antes, así como mi desagrado al compartir la comida, siendo una obsesiva-compulsiva… aunque de seguro lo dirán de una manera más elaborada y compleja. También hablarán de mi costumbre, aquella que tuve por años hasta mi último aliento; tomar una taza de café al comenzar cada día, así como tomarlo en diferentes temperaturas y en diferentes horas del día.
Nunca entenderán mis manías ni mi gusto por la historia. Tal vez nunca me considerarán “demasiado avanzada” ante la gente a mi alrededor. Tal vez simplemente pensarán que era una mujer soberbia y prepotente que nunca encontró a alguien que la comprendiera completamente.
Intentarán descubrir de dónde nació una persona tan solitaria y taciturna, intentarán descubrir como conocí a mis viejos amigos y nunca huyeron de mí. Intentarán comprender cómo, teniendo gente maravillosa a mí alrededor, prefería estar sola y leer libros hasta el amanecer.
Incluso se preguntarán por mi extraño modo de comer. “Ella nunca desayunaba, su desayuno era una taza de café, o si quería cambiar de ambiente elegía un té con media cucharada de azúcar”. Se preguntarán qué diablos pasaba por mi cabeza, y cómo al tener tantas ideas terminaba haciendo lo más simple. Lo impredecible. Dirán que me gustaba viajar, que incluso bailé una tarantela en un restaurante en Italia, dirán que intenté dormir a escondidas en el Palacio de Versailles y que siempre quise conocer Viena.
Mi amigo más cercano dirá que era una persona que no se complicaba, o que mi vida era demasiado complicada para hacerla incluso más compleja. Dirán que nunca me anduve con cuentos y siempre tenía una respuesta para todo. Dirán que siempre fui madura y que nunca me vieron hacer algún berrinche en público… mi madre, por otro lado, reirá ante eso y contrariará las versiones. Dirán que siempre usaba negro, en días veraniegos incluso me atrevía a usar ese color de vez en cuando. Me conocerán como la chica que usaba un lipstick rojo y que poco le valía llamar la atención.
Pensarán que me extrañarán, o por lo menos me recordarán al tomar una taza de café.
Dirán que me gustaba el agua embotellada y desconfiaba de tomar en vasos sin lavarlos antes, así como mi desagrado al compartir la comida, siendo una obsesiva-compulsiva… aunque de seguro lo dirán de una manera más elaborada y compleja. También hablarán de mi costumbre, aquella que tuve por años hasta mi último aliento; tomar una taza de café al comenzar cada día, así como tomarlo en diferentes temperaturas y en diferentes horas del día.
Nunca entenderán mis manías ni mi gusto por la historia. Tal vez nunca me considerarán “demasiado avanzada” ante la gente a mi alrededor. Tal vez simplemente pensarán que era una mujer soberbia y prepotente que nunca encontró a alguien que la comprendiera completamente.
Intentarán descubrir de dónde nació una persona tan solitaria y taciturna, intentarán descubrir como conocí a mis viejos amigos y nunca huyeron de mí. Intentarán comprender cómo, teniendo gente maravillosa a mí alrededor, prefería estar sola y leer libros hasta el amanecer.
Incluso se preguntarán por mi extraño modo de comer. “Ella nunca desayunaba, su desayuno era una taza de café, o si quería cambiar de ambiente elegía un té con media cucharada de azúcar”. Se preguntarán qué diablos pasaba por mi cabeza, y cómo al tener tantas ideas terminaba haciendo lo más simple. Lo impredecible. Dirán que me gustaba viajar, que incluso bailé una tarantela en un restaurante en Italia, dirán que intenté dormir a escondidas en el Palacio de Versailles y que siempre quise conocer Viena.
Mi amigo más cercano dirá que era una persona que no se complicaba, o que mi vida era demasiado complicada para hacerla incluso más compleja. Dirán que nunca me anduve con cuentos y siempre tenía una respuesta para todo. Dirán que siempre fui madura y que nunca me vieron hacer algún berrinche en público… mi madre, por otro lado, reirá ante eso y contrariará las versiones. Dirán que siempre usaba negro, en días veraniegos incluso me atrevía a usar ese color de vez en cuando. Me conocerán como la chica que usaba un lipstick rojo y que poco le valía llamar la atención.
Pensarán que me extrañarán, o por lo menos me recordarán al tomar una taza de café.






















