No es la primera vez que ese sentimiento pasa por mi cabeza, es solo que con el tiempo, aquella suposición ha permanecido ahí, torturándome con ideas que prefiero imaginar, son solo cosa mía. Pero, ¿qué sentido tendría convencerme, si en todo caso, aquella suposición no es cierta? ¿Entonces sí lo es? ¿De verdad está pasando?
Siempre está ahí, recordándome, apuñalándome en la espalda, en un punto fijo y sin consentimientos. Me siento traicionada, me siento dolida, me siento sola.
Lo cierto es que tengo miedo de no ser nunca lo suficientemente buena, la consentida, la única. Tal vez soy simplemente un cargo del que cualquiera quisiera librarse. Y aunque a veces me compadezco de ti, de ella, de él, de todos, después deja de importarme, lo olvido por completo y todo vuelve a ser casi perfecto. Mi vida, relativamente, parece buena.
Pero después llegan de nuevo esos momentos, aquellos arranques y aquellas palabras de dureza que destruyen aquellas paredes que con tanta dedicación decidí levantar. Ya de nada vale comenzar una discusión, de nada vale gritar. Es mejor no escuchar, fingir sordera, fingir indiferencia. Fingir que no me importa.
Tal vez por ti he perdido la fe en la humanidad. He perdido la confianza en las personas, he perdido el coraje y el aliento para seguir cada día. Tal vez ya no quiera verte más, pero quizás al día siguiente quiera llevarte conmigo siempre. Aunque no lo sé a ciencia cierta, lo cierto es que tengo la débil esperanza de olvidar y perdonar. De no sentir más. De tener alma de hierro y un corazón de hielo.
Siempre está ahí, recordándome, apuñalándome en la espalda, en un punto fijo y sin consentimientos. Me siento traicionada, me siento dolida, me siento sola.
Lo cierto es que tengo miedo de no ser nunca lo suficientemente buena, la consentida, la única. Tal vez soy simplemente un cargo del que cualquiera quisiera librarse. Y aunque a veces me compadezco de ti, de ella, de él, de todos, después deja de importarme, lo olvido por completo y todo vuelve a ser casi perfecto. Mi vida, relativamente, parece buena.
Pero después llegan de nuevo esos momentos, aquellos arranques y aquellas palabras de dureza que destruyen aquellas paredes que con tanta dedicación decidí levantar. Ya de nada vale comenzar una discusión, de nada vale gritar. Es mejor no escuchar, fingir sordera, fingir indiferencia. Fingir que no me importa.
Tal vez por ti he perdido la fe en la humanidad. He perdido la confianza en las personas, he perdido el coraje y el aliento para seguir cada día. Tal vez ya no quiera verte más, pero quizás al día siguiente quiera llevarte conmigo siempre. Aunque no lo sé a ciencia cierta, lo cierto es que tengo la débil esperanza de olvidar y perdonar. De no sentir más. De tener alma de hierro y un corazón de hielo.





