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Nanny, dearest

No tiene muchos días, quizá como 2 o 3, recordé lo que hacía en la niñez. Eso se debió -algo extraño, además- a que tuve una pelea con mi madre.

Desde pequeña, mamá nunca estaba en casa. Y no es que ahora sea una joven que sufre por abandono paternal. La verdad es que, si no me importó en ese entonces, dudo que lo haga ahora. Es cierto, la independencia, la soledad sobre todo y mi propia lógica es lo que más aprecio en la vida. Soy astuta, soy inteligente y la verdad es que lo que no tenga que ver conmigo, me importa un comino. Desafortunadamente, mamá jamás se dio cuenta de eso.

Si digo algo que ella no sepa -graaan ofensa-, pronto dirá alguna indirecta sobre mi edad, y sobre la suya claro. Como que si 17 años no fueran suficientes para aprender bastante. Estoy en el estado de Dorian Gray. Sé más de lo que creo saber, pero menos de lo que deseo saber. Vaya… Si Henry no era tan mala influencia. No es que ninguna influencia sea buena. En fin.

Ahora, me encuentro hablando de mi madre, como si no le tuviera respeto, como si no la quisiera -como ella dice a veces-. Pero la verdad es que al contrario de eso, la respeto bastante. La amo y bueno, como siempre he dicho, no por decirle a alguien te quiero, significa que de verdad lo haces o sientes. No soy así, me fijo en actos para querer, amar y adorar a alguien. Y como bien diría el señor Bennet: le tengo mucho respeto a sus nervios.

Como sea, el punto es que me salí de tema. Platicando con mamá sobre algunos recuerdos de la infancia, era imposible para mí no recordar a la persona que fue como una segunda madre. Mi nana.

No recuerdo su llegada a casa, puesto que tenía tres años. Pero lo que sí recuerdo era lo que hacía conmigo. Una de sus hijas vivía con nosotros. Eran mi familia, regresando de preescolar jugaba con Mercedes, y si me hacía algo empezaba a llorar como la buena caprichosa que era y me quejaba con su mamá, es decir, MI NANA. No la recuerdo exactamente muy cariñosa, porque me regañaba, y si hacía algo fuera de lo dictado estaba seguro que mamá recibiría una queja en la noche. Afortunadamente, mamá no me decía nada… O no mucho.

Su cariño hacia mí no era tanto en comparación con el de su hija. Y sí, admito que a veces le tenía celos. Es decir, ¿por qué la quería tanto y le compraba tantos caramelos? Bueno, no es que cuando tuviese cinco años fuese una niña muy lógica. Mentalidad de una pequeña. Qué vergüenza. Claro…

Sin embargo, cuando no podía dormir con la luz apagada, corría a dormir con ella. Y no me importaba si después la apagaba… Porque yo me levantaba a encenderla. Era gracioso como refunfuñaba ante mi insistencia. Y aunque era una pequeña yo sabía que la quería mucho. Pero no había cierta confianza, al menos no un tipo de confianza importante. En una ocasión desperté en mi habitación, ella estaba de espaldas, y por un momento, me recordó mucho a mamá. Incluso llegué a pensar que era ella. Y aunque quisiera abrazarla y no soltarla, no lo hice. Al fin y al cabo, empezaba a comprender que ella no era mía.
Los años pasaron y las cosas cambiaban. Mamá empezó a tener problemas con ella. Se quejaba de la comida de los sábados -el único día que convivían, ya que el domingo era su día libre-, de cómo lavaba la ropa, hasta de cómo le contestaba. Como la mente inocente que tenía en ese tiempo, no lograba comprender por qué no contrataba a alguien más. Yo le decía que mi nanita ya estaba un poco mayor –me gustaba verla cuando se pintaba su cabellito, tenía poquito y a veces empezaba a teñirse de blanco, cruel tiempo que nos recuerda lo que hemos vivido- y que las labores ya no eran siempre fáciles. Mamá claro, solo sonreía con un gesto de qué facilidad de ver las cosas para una pequeña.

Su hija creció y yo también. Ella era mayor que yo, cuando apenas iba en la primaria, ella ya estaba en la secundaria. Claro que yo le tenía miedo, porque bueno… Algunos momentos con ella de pequeña no eran bonitos. ¿Alguna vez les pasó ser acusados por algo que no cometieron? Pues bien, eso me pasaba a mí. Su forma de pensar cambió, incluso una vez mamá le regañó por mentirosa. Ya que había dicho que yo era hija de mi nana y ella de mi mamá. No sé si era una ofensa para alguien de ahí, pero a mí la verdad, la idea me encantó. Se volvió interesada, acudía a lo que era de su conveniencia y aunque no pareciera, mamá se mantenía al tanto. Eso… Solo sumó muchas de las cosas que mamá ya no soportaba.

No pasó mucho para que mi nana decidiera irse, ya que algunos asuntos fuera de casa la llamaron de nuevo. Mercedes no quería irse, y no sabía si era precisamente por el cariño o porque no sabía lo que vendría después para ella. Pero no había marcha atrás, mi nana había decidido eso y ella no tenía voto.

Aún no lo creía. Apenas tenía 10 años. Era extraño ver como desocupaban sus cosas mientras yo me sentaba sobre una de las camas para verlas empacar y terminar con aquello que había empezado incluso antes de que lo recordara. Mi nana… Ya no sería mi nana.

El día en que se marcharon, seguía en un trance. Pensaba que pasaría como en alguna serie o libro que leía. Habría un arrepentimiento por parte de ellas y regresarían. Increíblemente, la decisión había sido de mi nana, no de mamá. Mamá decía que ella no podía decir nada, y que tampoco podía obligarla. Y tenía razón.

Después de eso, pasaron diferentes cambios en mi vida. En la escuela todo marchaba igual, no demostraba el hueco que tenía en el corazón. Mamá decía que no podía meter a cualquier muchacha a la casa, ya que tal vez podrían robar todo. A mí… solo me importaba algo: quería lo mío de vuelta. Deseaba que mamá no encontrase a nadie y que fuera en búsqueda de mi nana, y después encontraríamos la manera de convencerla a su regreso. Pero claro… Eso no funcionó.

Mientras tanto, saliendo de la escuela tomaba un taxi para llegar a casa. No había nadie. Buscaba comida, hacía emparedados, cereal -puede que ahí empezara mi tremenda adicción por el café y el cereal- o cualquier cosa que se me ocurriera. Veía Ginger a las cinco en punto y después hacía la tarea. Leía y miraba como llegaba mamá. Me preguntaba sobre cómo había estado mi día. Eso funcionó las primeras veces, pero después era una pregunta innecesaria. Los días se volvieron iguales, a excepción de lo que aprendía, de lo que leía, de lo que admiraba. Y en eso… maduré. Aprendí a amar la soledad, a manipularla… a saborearla.

Llegó el punto en el que mamá se preocupó y decidió que debería tener compañía. A mí, sinceramente, me daba igual. Era emocionante tal vez, una prima llegaría y tendría con quién platicar… o me privaría de lo que había hecho una costumbre. ¿Y si no me dejaban llevar amigas por su culpa? Eso se terminaría… o mejoraría. Mis padres parecían satisfechos, y pues yo no presentaría queja alguna.

Elena, mi prima, llegó. Era agradable, platicábamos de cualquier tontería. Comíamos comida chatarra todos los días. Y la comida mejoró. Todo eso marchó bien por unos meses, hasta que empezó a decir sutilmente que extrañaba a su familia y todo se fue al caño. La jovencita se dio un año sabático, y parecía que mamá lo aprovecharía. Pero no, ella se fue seis meses después.

De nuevo sola. De todos modos, la soledad me llamaba. Y no era en vano que disfrute de la independencia. Hago esto sola. Y no es en broma, de verdad prefiero trabajar sola.

Un par de meses después, mamá me comentó que uno de los contadores del trabajo le había dicho que conocía a una joven que era bastante eficaz, honesta, rápida y todo lo que mamá buscaba.

Entonces, Lolita llegó.

Mi vida había cambiado bastante en un año y medio. Hasta llegué a lavar mi ropa, y me sentía muy realizada. Inocencia, inocencia. Todo lo que hacía me parecía un avance.

Jamás me quejé de Lolita. Desde que está con nosotros ha demostrado que es especial, que es leal y que siempre contaremos con ella… O bueno, hasta que decida irse.

Por algunos azares del destino, Lolita conocía a mi nana doña Luvia. Parecía ser que las dos estaban en un programa, o algo parecido. Me comentaba que llegaba a las juntas sola y que siempre llevaba un rebocito celeste. Ese rebozo… El rebozo celeste. Era mi nana. Era increíble como mis esperanzas no eran en vano, ya que, si veía a una señora bajita, delgadita y con un rebocito celeste, era probable que fuese mi nana. Era ella.

La relación con Lolita se mantuvo perfecta, hasta ahora. La confianza que le tenemos -y que yo le tengo- es grande. Estuvo cuando mi hermano menor nació. Incluso le compraba comida a mi par de gatitos.

Un día, justo un 31 de Diciembre, me despertó en la mañana. Recuerdo que eran como las diez, y le pedí el día anterior que me despertara para hacer algunas cosas para la cena de la noche. Después de todo, sería Año Nuevo. Antes era su costumbre poner el peso de su mano sobre mi espalda para despertarme. Ahora las cosas cambiaron un poco, pero el agrado sigue siendo igual. Me levanté, estirando los brazos y me senté. Su cara me dio cierta sensación en el estómago. Solo necesitaba que dijera algo, pero no eso.

-¿Quién crees que falleció?

La verdad es que no tenía una idea de quién había fallecido. Hice un gesto de no tengo la menor idea y ella dijo algo que me dejó sin palabras.

-Tu nana.

Pero si no tenía mucho la acababa de ver. Justo cuando mamá estaba embarazada. Recuerdo que quise llorar al verla cerca de casa, pero ella ya no vivía ahí. Felicitó a mamá por su embarazo y hasta le acarició la pancita. ¿Y ahora estaba muerta?

No lloré.

Lolita me dijo detalles, sobre su funeral, sobre las causas de ello. Todo lo que sabía.

Era increíble, mi segunda madre, mi nana… Ya no estaba. Y ahora no era mía, y tampoco era de Mercedes. Ella… ya no estaba. Al llegar mamá le dije la noticia, ella tampoco lo podía creer. Y su tristeza era evidente… La quería. Y yo también.



Y así fue como una conversación con mamá me recordó a mi nana. No recuerdo si alguna vez la ofendí, si le dije que la odiaba o que ojalá se muriera -vaya madurez infantil-, ni siquiera si algún día le dije que la amaba. Pero no porque no lo haya dicho quiere decir que no lo hiciera. Cuando me enojaba, ella no me hablaba. Y a veces le pedía disculpas, o simplemente le daba un abrazo. Y así era como me sentía bien, con mi nana.

No escribí esto con cierto fin. Era solo que necesitaba dejar una huella de ella, que de verdad estuvo ahí, de la señora que fue muy importante en mi vida, de alguien a la que amo y que siempre estará en mi corazón. Estuvo en él en un principio, no dejará de estarlo jamás. Te amo.